01 junio 2003

Bitácora de viaje






La muerte y la brújula

Yo sé de un laberinto griego

que es una línea única, recta. En esa línea

se han perdido tantos filósofos...

J.L.B.

Anecdotario.

Primera anécdota: durante la clase de presentación de la esperada materia Filosofía del Derecho la cátedra no escatima en precisiones y aclara que en la modalidad de cursada no hay lugar para cuestionamientos "anarquistas", pues "obedecer es necesario", "como es necesaria la ley para el buen ordenamiento de una sociedad". Segunda anécdota: un compañero cursa Metafísica con la cátedra Rabossi y, a la vez, cursa Filosofía del Lenguaje con la cátedra Moretti. La bibliografía para ambas materias coincide tan groseramente en la matriz de cuño analítico-anglosajón, que nuestro compañero entrega la misma monografía final a las dos materias. Por supuesto, nuestro compañero aprobó cómodamente ambas cursadas. Tercera anécdota: en el nº1 de «Deus mortalis» el titular de la cátedra de Filosofía Política escribe «El nombre que damos a nuestro proyecto remite -tal vez extemporáneamente- a un hontanar hobbesiano, pues entendemos que filosofar políticamente es, ante todo, filosofar sobre el Estado y sobre lo que, paradójicamente, inmortaliza humanamente al "dios mortal"». Cuarta anécdota: como Coloquio a presentar en Filosofía de la Historia, un compañero prepara la relación entre memoria y desapariciones durante la última dictadura militar. El profesor Brauer envía a Examen Final al compañero y le recomienda preparar "un tema más filosófico".

Intencionario.

Percibimos, al menos, una línea de filiación entre las anécdotas, línea que ostenta una función específica entre las operaciones que constituyen la subjetividad estudiantil universitaria: restringir las posibilidades del pensamiento, limitar el ámbito de su incumbencia, despotenciarlo, de modo que contribuya a la perpetuación de un statu quo, a la legitimación de un orden de cosas. Claro que esto no se da en armonía monocorde, pero en términos generales y en relación respectiva a las anécdotas: primero, no se puede pensar el Derecho más allá de la ley y el orden: la política se da en el seno de las instituciones, en el sistema de lo constituido. Segundo, no se puede pensar la metafísica más allá de la filosofía del lenguaje (reducida ésta a su vez a la analítica de enunciados): la comunicación como horizonte trascendental de toda experiencia, la política como efecto de juegos dialectales que, en última instancia, están regulados por un mercado de lenguas. Tercero, no se puede pensar la política más allá del Estado: la política está subordinada al parlamentarismo, a la representación, y cualquier intento de sustracción a esta lógica es totalitario. Y cuarto, no se puede pensar la historia más allá de lo inmaculado académico: la filosofía no se ensucia las manos; la sangre y la mierda son accidentes de la pasión, no de la razón.

Derrotero.

Podemos pensar que la carrera de Filosofía se nos presenta como un complejo de docentes, estudiantes y otras instancias burocráticas de gestión estatal (programas de estudio, división claustral, voto calificado, etc.) que componen un estado de dominio. En este estado de dominio hay lo posible. Lo posible no es lo dado sino lo que puede suceder, lo que puede tener lugar en un estado de dominio. Se trata de algo finito numéricamente, pero que siempre excede el número de movimientos de lo real: hay más posibles que reales. También podemos definir lo real como la reducción de los numerosos mundos posibles a un único mundo real basado en la semejanza. De este modo, lo posible es lo predecible, la repetición de lo mismo, la reiteración de la indiferencia.

La restricción del pensamiento filosófico a un campo acotado políticamente (digamos: Derecho, Consensualismo, Representación, Objetivismo) produce una subjetividad que consagra ese posible, concibiéndolo únicamente como lo siempre semejante. Lo posible se le presenta a esta subjetividad como la legalidad de lo dado. Más claramente: una función subjetiva naturaliza lo social, teologiza lo humano, acepta los efectos por las causas. Sea como fuere, el núcleo del concepto es más o menos el mismo: se supone una Ley Universal y Necesaria, un orden apodíctico, absoluto y definitivo de lo dado que adquiere así la apariencia de un "esto es todo, amigos". Políticamente, se trata de una clausura a nuevos posibles.

Entrenamiento.

Sin embargo las metamorfosis, los encuentros inesperados, las irrupciones de lo efímero, los actos de creación e imprevisible novedad, vamos, las alteraciones, existen, acontecen. Ahí está el cuaderno "Ateraciones/01" difundiendo experiencias de ruptura de la normalidad académica. Por eso invocamos un tercer concepto, porque lo posible y lo real no pueden dar cuenta de las rupturas. Este concepto es lo virtual. Lo virtual es un conjunto infinito de fuerzas latentes, una potencia caótica, que engendra lo imposible, aquello que no puede tener lugar en un estado de dominio, es decir, lo u-tópico para la legalidad inmanente de lo dado.

Así, pues, se trataría de explorar el umbral que habilita lo diferente y no lo idéntico de una situación. Esa exploración sería la experiencia de las modificaciones por las que lo virtual empuja sobre los límites de lo posible para alcanzar lo real. Esa exploración sería un pensar-hacer los senderos imposibles que producen lo inesperado, empezando por cartografiar las líneas que fugan de la estructura entre las posiciones de lo posible, vamos, cartografiar la carrera de Filosofía: dibujar sus superficies (porque no hay un Poder oculto en las imperceptibles entrañas de la realidad, sino relaciones de poder encarnadas en prácticas materiales), los diferentes recorridos de cada cursada, sus comisiones de prácticos, sus accidentes, sus callejones sin salida, los encuentros que favorecen... Trazar una ontología del saber. Por ejemplo, se tendrían en cuenta aquellas comisiones que habilitan devenires de intervención política afines a un activismo de emancipación y aquellas que, al menos, se dejan habitar por un pensamiento más allá de los parámetros restrictivos predominanates arriba mencionados, y, a partir de esos trazos, presionar sobre los bordes de lo posible. Porque aunque virtualmente lo imposible sea real, la actualización de lo imposible corre siempre por nuestra cuenta. Esto quiere decir que, aunque esos lugares faciliten ampliar el campo de lo posible y permitan agujerear la inconmovible repetición de lo mismo, esas expansiones y esas hendiduras deben ser provocadas por nosotras y nosotros estudiantes.

Lo geográfico y lo universal.

Este mapa intenta, por tanto, presentar un particular concreto; presentación que, como en toda cartografía, no es un mero reflejo de lo real, no es un calco, sino una trasposición a un lenguaje de otro orden, a una nomenclatura diferente: aquella que sirve a los deseos e intereses de los viajeros y navegantes. Por eso la relación que planteamos entre esta bitácora y la carrera de filosofía no es ni causal, ni estática, ni de semejanza: «Bitácora de viaje» está totalmente orientada hacia una experimentación que actúa sobre lo real. A lo largo de este proceso cartográfico, el territorio y el mapa (la carrera y esta bitácora) ocuparán alternativamente lugares intercambiables, conectándose en todas sus dimensiones para recibir, el uno del otro, constantes modificaciones. Por eso este cuaderno puede construirse como una acción política.

¿Puede acaso ser filosófica esta propuesta? Recordamos los canónicos señalamientos de Aristóteles: no hay ciencia de lo individual; la filosofía es conocimiento de lo universal, y de lo más universal. Sin embargo, sospechamos que todo universal tiene su cuerpo, que todo universalismo tiene su casa y su cocina, y que toda filosofía que se limite a la exposición de un saber absoluto y clausurado renuncia a una reflexión filosófica anterior y más fundamental: por qué sucede lo que sucede, cómo ha llegado a ser lo que es. Por eso, abordamos ahora una situación particular (la carrera de filosofía como estado de cosas regulado, configurado y atravesado por relaciones de poder), como parte de una máquina social de formación (la facultad de filosofía y letras), que es a su vez un punto o nodo dentro de una red político-institucional (la UBA, el sistema de educación superior, el sistema educativo...).

Nuestra propuesta continúa, de otro modo, las reflexiones del cuadernillo «Alteraciones/01». Por ello insitimos en que esta bitácora no reproduce en forma pasiva un territorio ya cerrado sobre sí mismo, no describe un espacio fijo e inmutable, sino que participa activamente del proceso, siempre abierto, de construcción de ese territorio, cuya configuración actual es el resultado de movimientos encontrados, de mutaciones diversas, de lentitudes y celeridades, de avances del poder académico pero también de resistencias internas encarnadas durante años por muchxs estudiantes y docentes. ¡Cuánto más uniforme y homogéneo sería el espacio de la carrera, si no fuera por tales movimientos de resistencia, que han logrado consolidar y expandir un archipiélago de prácticos y teóricos en los que se ejercita un pensar que rompe con la transmisión monológica del saber académico legitimado (clausurado, analítico, siempre liberal)!

Sirvan a otras y a otros estas páginas, al menos, a modo de cuaderno de viajes, relatos de una experiencia, brújula académica.

¡Los cursos de filosofía son talleres!

¡Sí! Después de todo, las aulas de filosofía son talleres. Pero no porque en ellas se realice un trabajo con modalidad de seminario o taller. Nada de eso. Lxs estudiantes seguimos tan pasivxs como siempre; lxs profesorxs siguen, en su mayoría, apegadxs a su tarea de exponer el saber. Sin embargo, en ellas... algo es producido, algo está siendo producido ahora mismo. ¿Y cuál es el producto que sale de esas aulas-talleres? Algo que enorgullece a la Academia: unos sujetos adiestrados, expertos, verdaderos profesionales del saber, que harán circular en un amplio espacio social los pensamientos hegemónicos en la comunidad académica, a través de una práctica que justamente niega el pensar y se reduce a transmitir un saber. ¿Pero cómo detectar y distinguir a ese modelo ideal de graduado dibujándose a lo largo del proceso de formación? Para ello, es necesario ver en funcionamiento la máquina académica que lo produce (que nos produce). Lo que aquí proponemos es atender a uno de los mecanismos claves para reconstruir dicho modelo: nos referimos al mecanismo destinado a la selección de "lxs mejores", o de aquellxs que se consideran más capacitadxs para pasar a integrar el plantel de docentes de la carrera. Claramente es aquí, en el procedimiento de selección de futurxs profesorxs, donde la institución define y establece los parámetros de una formación adecuada, y con ello, el tipo ideal de graduado al que aspira.

El reglamento de selección de ayudantes

En el primer cuatrimestre de 2001 se aprobó un "Reglamento para Selección Interna de Aspirantes a Ayudantes Segundos/as", elaborado principalmente por los graduados y la mayoría estudiantil en la Junta Departamental de Filosofía. Antes de entrar a ver este mecanismo quisiéramos esbozar un comentario.

Desde una perspectiva, la sanción de este reglamento puede valorarse positivamente, ya que con él se introduce una normativa en un procedimiento que hasta entonces no estaba reglado, y de este modo se restringen o eliminan sus posibles arbitrariedades. La selección de ayudantes pasa entonces a resolverse a través de un cómputo definido por criterios independientes del sospechoso juicio de un/a profesor/a. Pensamos, sin embargo, que este hecho puede verse desde otra perspectiva, la cual no es incompatible con la anterior, pero la relativiza. Puede verse, no como el avance de los criterios de justicia en el ámbito institucional (una pequeña victoria de la civilización), sino como el avance de una cierta lógica institucional, institucionalista e institucionalizante, una lógica que está penetrando cada vez más espacios sociales y que se funda en los valores de la equidad y la imparcialidad. Ahora bien, esta lógica es parte de una estrategia que trabaja en dos tiempos sucesivos. Primero, el momento de la instauración de un orden1, el cual responde ante todo a relaciones de fuerza. Segundo, el momento de la legitimación de ese orden, a través de un discurso y unas prácticas cuyo principal objetivo es relegar al olvido la arbitrariedad del momento anterior. Es aquí donde aparece la lógica de la imparcialidad o de la igualdad formal; ella postula principios y normas que se fundamentarían en una supuesta situación de igualdad de los sujetos involucrados, para legitimar instituciones y formas sociales fundadas en relaciones de poder desiguales. Por eso, dicha lógica renuncia sistemáticamente a denunciar y cuestionar las desigualdades reales más profundas, sobre las que se asientan las estructuras de poder que ella misma habita.

Más que un triunfo de la imparcialidad, habría que ver aquí una consolidación estratégica de ciertas formas y dinámicas institucionales; hay que ver a las máquinas en funcionamiento para ver qué hacen, y no quedarse sólo con sus enunciados. Un claro ejemplo de este funcionamiento: en el segundo cuatrimestre de 2001, en el contexto del conflicto por el recorte al presupuesto universitario, la mayoría estudiantil2 votó expresamente en contra de la moción que proponía transformar una reunión interclaustros de filosofía en asamblea, otorgando voz y voto a estudiantes, profesorxs y graduadxs por igual. A escasos meses de haber votado un reglamento que establecía condiciones igualitarias para lxs aspirantes a ayudantes de cátedra, aquellos "representantes" prefirieron conservar la profunda desigualdad de sus "representadxs" que significa el voto calificado.

La formación especializada

En principio, el reglamento establece tres condiciones básicas para la inscripción de aspirantes al concurso: que tengan un cierto porcentaje de materias aprobadas, que tengan aprobada la materia objeto del concurso, y también las correspondientes materias de orientación (o equivalentes, o seminarios del área). Si bien estas condiciones parecen razonables o "naturales", ya en ellas está presente la tendencia a la especialización del graduado. Esta tendencia responde a una lógica que, por supuesto, excede a nuestra carrera y la determina desde afuera. Sin embargo, ya aquí se ha puesto en marcha el mecanismo de selección, en consonancia con la lógica social de la especialización, que produce profesionales tan capacitados como dóciles para ser utilizados de manera instrumental. Estas condiciones hacen que las elecciones de lxs estudiantes, en torno a qué materias cursar y qué orientación seguir, determinen de entrada sus posibilidades de inserción en el ámbito académico; pero sobre todo, permiten anticipar cuál será el camino por el que transcurrirá el proceso de selección: lxs "mejores" serán lxs más capacitadxs o informadxs en términos de especialización, lxs que más saberes específicos hayan podido acumular.

El entrenamiento intensivo

El reglamento establece un riguroso procedimiento de selección, en el cual se asigna un puntaje máximo de 100 puntos, y que está dividido en dos partes principales: la primera es una evaluación de antecedentes, y asigna 45 puntos; la segunda abarca la evaluación de un trabajo escrito, un esquema de clase sobre ese trabajo y una entrevista, y asigna 55 puntos.

Veamos la primera parte. ¿Cuáles son los antecedentes pertinentes para que un/a estudiante pueda ingresar a una cátedra? El reglamento ofrece una respuesta puntual y precisa a través del siguiente cuadro:

Esta sería la compleja aritmética del ayudante de cátedra. A través de esta tabla de valores el concurso aspira a librarse de todo rastro de arbitrariedad, haciendo del proceso de selección una tarea de medición objetiva: se mide al aspirante, se le asigna un valor independiente del juicio subjetivo de lxs jurados. Reconozcamos, sin embargo, que la arbitrariedad no está eliminada, sino más bien desplazada a una instancia anterior al concurso. Esa instancia no es otra que el reglamento mismo, cuya formulación responde a una cierta concepción del "graduado ideal"3. ¿Qué se valora, qué se premia con esta asignación de puntos?

En principio, lo que se premia es el desempeño y el proceso de aprendizaje realizado durante todas las materias cursadas. Es comprensible. Sin embargo, ese desempeño y ese proceso se miden en términos de notas, y las notas nos remiten a la práctica institucional del examen. Dada esta forma de evaluación, imperante en la carrera, las notas terminan siendo indicadores de lamera acumulación de saberes, y no de un ejercicio más crítico y productivo de la filosofía. ¿Qué se premia entonces? La mayor y mejor adquisición de ciertos saberes, la mejor adaptación a una práctica que valora por sobre todo la reproducción de los conocimientos académicamente legitimados. Y sólo lxs que se han esforzado seriamente en esta adaptación quedan en camino, ya que, como se ve, las notas representan el mayor caudal de puntos en esta parte; se hace difícil presentarse a un concurso sin tener un buen promedio general.

Como se ve, el proceso de selección se está llevando a cabo ahora mismo, en las aulas; en cada momento, en cada materia, todo cuenta, porque lo que se mide es el desempeño global del/la aspirante. ¡Pero no sólo su desempeño en la carrera! Otras actividades "académicamente valorables" entran en el cómputo (¿será que lo que se mide es al sujeto estudiante mismo?), bajo los rubros de Investigación y Docencia. A pesar de que los puntajes asignados en estos rubros no parecen definitorios, son bastante cuestionables, ya que el reglamento está pensado para estudiantes, y no todxs pueden, por ejemplo, acceder a becas o adscripciones (que son bastante limitadas). Además, puede verse en tales rubros una manera de premiar a lxs que se mantienen dentro de los circuitos del saber académico (por supuesto, no cualquier "evento" o "publicación" cuenta); sólo se valora lo que reproduce dicho saber.

La entrevista de trabajo

Lo dicho hasta aquí vale también para la primera sección de la segunda parte del procedimiento, que consiste en la evaluación de un trabajo escrito. Dicha evaluación asigna 35 de los 55 puntos restantes, distribuidos del siguiente modo:

Conocimientos del aspirante sobre el tema 5 puntos

Claridad conceptual 15 puntos

Claridad expositiva 15 puntos

Como se ve, se valora lo que reproduce la forma del saber académico, y no lo que produce un nuevo saber. Pero... ¿de dónde salen los restantes 20 puntos?

De la entrevista. ¿Y con qué criterios se evalúa la entrevista? Aquí es donde la compleja aritmética de criterios y valores del reglamento palidece. Citémoslo: "La evaluación de la entrevista, uno de cuyos ítems será la consideración del esquema de clase presentado, podrá generar la adjudicación de hasta veinte puntos más". No dice más.

¿De qué criterio misterioso saldrá la asignación de esos puntos, que sí resultan definitorios en esta selección? Esto queda librado al buen juicio, a la experiencia y la sabiduría de lxs jurados, que son tres, y de los cuales unx es titular de la materia en cuestión, y otrx es ayudante del área en cuestión. A ellxs, a su phrónesis pedagógica, queda librada la valuación de una entrevista. Aquí no se trata tanto de sospechar que tales jurados favorecerán a alguien en especial; se trata más bien de ver el espíritu que anima al reglamento y al procedimiento en cuestión. Un espíritu que, tras la fachada de la objetividad extrema y la explicitación de criterios evaluatorios, sigue siendo de disciplina y de autoridad; sigue confiando en el buen juicio del experto, que sin embargo evaluará según su propia concepción de cómo se debe conocer y enseñar la materia. ¿Cómo juzgará si no? ¿Cómo podrá imaginar, a través de una charla de veinte minutos, si un/a aspirante es (será) o no apto/a para ser ayudante de cátedra? El carácter tan privado de esta medición la asemeja mucho a una entrevista laboral, en la cual se evalúa, de manera anticipada e indirecta (a través de rasgos del carácter), qué sujeto será más diestro en un hacer.

Pero es posible que lxs aspirantes llegadxs a esta instancia no la vean con ojos tan sospechosos, acostumbradxs como estarán a pensar que es normal que el experto decida los criterios, y que lo hace siempre "conforme a razón" (por algo es experto).

Formación y selección: el lugar de una lucha silenciosa

Como se ve, el proceso de selección definido en este reglamento excede el breve momento del concurso, y se vuelve coextensivo con todo el proceso de formación; no tiene mucho sentido distinguirlos. De este modo, queda definido también el sentido general de ese proceso de formación-selección, a través de un modelo de graduado que se busca producir: se trata de un graduado especializado, experto, con un cierto bagaje de saberes generales y específicos acumulados (su suelo intelectual), y con la capacidad de re-producir en su práctica tanto la forma como el contenido de ese saber académico (a través de trabajos escritos, clases, ponencias, conferencias, papers...). Se ha reducido, finalmente, la filosofía a una ciencia acumulable y a una práctica institucional pautada.

Para muchxs, tal vez no haya nada cuestionable en esto, ya que la carrera cumpliría de este modo con su función (formar expertxs). Nuevamente, se trata de ver las cosas desde una perspectiva distinta: ¿cómo funciona este aparato de formación?, ¿cómo se produce a lxs graduadxs, lxs expertxs?, ¿qué más se produce con ellxs y a través de ellxs? Queremos sugerir que, en todo este proceso, de manera silenciosa y persistente, se lleva a cabo una tarea enorme: la desconexión de lxs estudiantes respecto de cualquier inquietud o problemática extra-académica que pudiera motivar en nosotrxs un pensar distinto, propio, original. Se impugna cualquier pensar que no responda a los contenidos y los parámetros académicos. Formar expertxs significa, ante todo, producir intelectuales a través de la transmisión/acumulación de saberes legitimados; por eso, los mecanismos de selección de docentes y ayudantes de cátedra están diseñados justamente para seleccionar en lo posible a lxs más dóciles, a lxs mejor adaptadxs, reforzando así el proceso de formación y su continuidad. De este modo, se puede ejercer un control sobre la producción y circulación de los saberes (tarea fundamental para todas las máquinas sociales de formación), pero también, y sobre todo, se puede ocultar la dimensión política de esa tarea, presentando al espacio académico como políticamente neutral, regido por los valores de la objetividad y la excelencia. El reglamento, digámoslo, es un mecanismo que cumple esta función, sirve a esta estrategia general; introduce condiciones de igualdad, sí, pero en el mismo movimiento en que refuerza la disciplina que impone como naturales ciertos paradigmas teóricos y ciertos modos de "hacer" filosofía.

Esta estrategia general, que permite el control de los saberes e implica una cierta dirección sobre pensar de futurxs graduadxs y ayudantes, es capitalizada por distintas "camarillas" académicas. Cada una de ellas tiene distintos compromisos políticos y académicos, pero a todas les es común el interés por conservar e incrementar sus espacios institucionales. En esto, al menos, puede decirse que todas coinciden; y es justamente este interés común el que hace que el mecanismo de selección sea igualmente utilizable para cualquiera de estas camarillas.

¿Cómo está funcionando ahora este mecanismo? Hoy por hoy, hay muchxs estudiantes que están intentando acceder a algún espacio académico, para proyectar desde allí su formación ulterior y su carrera laboral. Sobre este interés opera (sigue operando) el procedimiento de selección, que tiende a la reproducción de saberes y a la consolidación de bloques político-académicos. A esxs estudiantes, entonces, y a todxs nosotrxs también (puesto que ya estamos siendo seleccionadxs), corresponde la tarea de buscar estrategias que nos permitan alterar y sabotear ese proceso, si es que aún queremos intentar una filosofía distinta, vinculada a nuestros problemas y nuestras experiencias.

Notas

1 Invasión, expropiación, conquista, son formas que adopta este primer momento a una escala mayor que la de una simple casa de estudios. Pero lo que cambia es la escala, el tamaño, no la estrategia.

2 Conviene recordar quiénes integraban esa mayoría estudiantil (grupo Sartre), porque seguramente los veremos reaparecer, pero ahora del lado de lxs docentes (así también funcionan las máquinas, garantizando su reproducción). Uno de ellos era Julio Montero, ya por entonces adscripto de Guariglia; el otro, Dante Palma, es ahora ayudante de Filosofía del derecho (designado, entre otrxs, ¡por Guariglia!).

3 Vale recordar que este reglamento no fue consultado ni consensuado con otrxs profesorxs y estudiantes por fuera de la Junta Departamental, lo cual es grave, si se recuerda que un año antes se había discutido abiertamente, en jornadas interclaustros, la reforma de la carrera.

Un Camino Derecho

Entre casa babilón, el camino esta cabrón...

entre lo dicho y lo hecho, el camino está derecho...

muy derecho, Filosofía del derecho.

I.

La elección o definición de un territorio de saber es condicionante del objeto de estudio. Al optar por una metodología de trabajo para investigar un objeto también estoy optando por un modo de construcción de dicho objeto de investigación.

II.

En filosofía del derecho se parte a la búsqueda de una definición de "derecho", se comienza a construir un discurso sobre lo que "es" el derecho, y junto con esta definición se delimita el campo en el que operará dicha definición.

III.

Se parte hacia una búsqueda, pero dicha búsqueda no supone la multiplicidad de caminos; por el contrario el camino ya esta constituido, y esto a su vez pauta no sólo el recorrido sino el modo en que lo recorreremos, modo único de trans itarlo. Lo que en un primer momento se presentaba como la búsqueda de una definición para el derecho es en realidad la proyección de un discurso constituyente de los sujetos como supuestos buscadores y a su vez la constitución de los agentes sobre los cuales el derecho va operar.

IV.

Recorrer el sendero ya trazado no es una búsqueda, es la simulación de la búsqueda, recorrer el camino ya constituido es privarse de crear nuevos caminos. Dispuestos a recorrer el sendero nos encontramos con que "la pregunta por el concep to de derecho", la interrogación como ejercicio del pensamiento, la pregunta como motor, queda inmediatamente capturada en la delimitación de los sentidos del derecho.

V.

Se nos habla de "el derecho como regla", i.e., el derecho en sentido positivo, y de "una aproximación al derecho como especie del discurso moral", i.e., el derecho en sentido natural. Esta bifurcación en el camino trazado por la cátedra nos conducirá: 1) a desvincular la acción moral del derecho (recorrido del positivismo), o 2) a des vincular la acción política del derecho (el recorrido de la moral).

VI.

En este simple movimiento lo que se busca es la fundamentación de la obediencia al derecho: cuándo un derecho es legítimo o cuándo la obediencia es legal. Pero en este mismo paso se suprime, se omite o se simula –la opción depende de la intencionalidad política de la acción– la obligación de la obediencia, es decir, se elimina el por qué: la dominación y sus consecuencias.

VII.

El ocultamiento del derecho como dominación y sus consecuencias como sujeción repercutirán en el plano político, en la articulación que hagamos con el concepto de política.

VIII.

Entonces cuando partimos a la búsqueda de una defin ición del derecho partimos hacia ella con un mapa bien determinado, ese es el sentido que lo enlazará con otros conceptos. El discurso no sólo constituye a los sujetos como buscadores y a los agentes que se someterán al ejercicio del derecho, sino que además el mapa contempla las relaciones del derecho con otros conceptos: estado, política, ciudadano, gobierno, justicia. La diagramación de los encuentros controla la posibilidad de resignificaciones y produce la esterilización del pensamiento.

IX.

El ocultamiento o la desligación de la dominación y la s ujeción del derecho permitirá pensar la obligación en términos de obediencia a un determinado poder basado, o no, en su legitimidad. Pero no permitirá pensar el carácter violento de la obligación, ni la violencia propia de la constitución de la ley, ni la ley como forma en que la violencia se hace legítima y nos somete a un determinado territorio donde la desobediencia no es una cuestión política.

X.

La obediencia se argumenta desde su inevitabilidad para vivir en sociedad. El derecho es una obligación interiorizada que se hace legítima desde una actitud racional-civilizada. La obligación ante la ley no es entendida como una forma de violencia sino que parte de una voluntad de los individuos: dejamos de estar en una violencia natural y pasamos a un mundo racional pacificado. La obligación interiorizada se hace responsabilidad que debe cumplirse y la legitimidad se deposita en la voluntad común.

XI.

Pero si el derecho se legitima sobre el consenso (la pacifi cación) y no sobre el disenso, la propia ley determina que su debate sea de carácter violento y no sólo se oculta la violencia constitutiva del Estado sino que además se oculta la violencia popular creadora de otros derechos, conquistadora de derechos en la lucha social. Si el derecho se legitima en el consenso y el consenso resguarda el orden –económico social–, el derecho legitima dicho orden.

XII.

El sendero constituido por los académicos enuncia: "El derecho no sólo es privativo, sino que también otorga garantías a las personas, el derecho no so n órdenes respaldadas por amenazas, el derecho no sólo es poder". Es decir, le cuesta aceptar que es poder, poder civilizado que oculta la violencia que lo constituye y que la disimula como forma de derecho. Pero aquí el derecho no se piensa más allá de los senderos constituidos por los propios académicos, el derecho queda incrustado en la dinámica analítica de "si las conclusiones se siguen de determinadas premisas" y el valor de las proposiciones "descriptivas" o "normativas" son vaciadas de sus consecuencias políticas.

XIII.

De todos modos, el concepto de derecho ya constituido, finalmente, se relaciona con la política, pero esta aproximación ya se encuentra manipulada, la práctica es controlada-reglamentada desde la legitimidad académica.

XIV.

La reglamentación del espacio público sólo se piensa en términos de perpetuación de un orden determinado, la separación del derecho de la violencia originaria permite que entendamos la legitimidad del ordenamiento no desde el poder, sino desde la obligación voluntaria racional. Si el derecho mantiene el orden es por su racionalidad y no por su relación con el poder, o sea, por su coherencia interna y no porque existan el sometimiento y la sujeción por medio de la ley.

XV.

Si el derecho impone la paz, aunque esta imposición sea violencia, el derecho se recorta de la posibilidad de los sujetos dominantes para imponer un ordenamiento, pero también se recorta como posibilidad de emancipación de dicho ordenamiento que oprime a aquellos que no son autoridad. Si el derecho debe imponer la paz, entonces hay derecho para intervenir un país, y también hay derecho para despejar el bloqueo de una ruta.

XVI.

Si la pacificación es pensada sólo en términos de consenso, el poder jurídico se encargará de que su legitimidad este basada en dicho consenso, el cual implica un ordenamiento. A su vez, dicho acuerdo se extiende a la política, pensándola en un campo cercado por el orden. Ocurre lo mismo, en otra dimensión, si pensamos que la transformación jurídica supone la transformación política, siendo buena parte de esa transformación política la subversión –no la inversión– de las relaciones de poder.

XVII.

El esfuerzo de la cátedra esta puesto en el sostenimiento del la legitimidad de la autoridad constituida, más allá de los que la constituyen. Frente a los diversos quiebres constitucionales, la necesidad de argumentar a favor del Estado son muchas, por eso para algunos académicos no es posible pensar una organización social más allá del Estado, no es posible pensar la ley más allá del Estado, no es posible pensar una autoridad legítima sin un poder-sobre, sin sometimiento y sin sujeción, entonces se opta por el ocultamiento y la simulación.

Vosotros no habéis recorrido un sendero de los suaves bosques abierto por la Madre naturaleza o trazado por el paso continuo de los extranjeros. Habéis transitado el pasillo de un supermercado donde se han dispuesto las mercaderías de modo tal que vuestra elección no desmoronara las góndola s. Pues, vosotros... ¿habéis elegido? ¿Cuánto habéis cogido de lo que no vinisteis a buscar? ¿Seguiréis degustando los amargos frutos del bosque? ¿Será que no hay na’ pa’ comer, joder? ¡Flagélate, Josemi!

Acaso no halles sosiego en este camino, caminante, ni halles ternura en este bosque, guardabosque. Acaso ni siquiera habites plácidamente el espacio de un supermercado, sino que tu rocosa indiferencia vuelve inconfesable un campo de batalla en el que la lucha por la definición de territorios del saber siembra de cadáveres el suelo sobre el que nos movemos, y presenta como neutrales (como naturales) los botines del saqueo y la sangre de la ignominia.

Filosofía del derecho, en la cocina de la academia

O de cómo llegan a ser ayudantes de cátedra

Después de muchos años, este cuatrimestre volvió a dictarse la materia Filosofía del derecho. Esta reaparición, sin embargo, no fue sencilla, puesto que fue necesario rearmar la cátedra, tras la renuncia de su antiguo titular (Cárcova). Pero veamos algunos aspectos de ese proceso de reestructuración de la cátedra en cuestión, ya que muestra uno de los funcionamientos más típicos y menos conocidos de nuestra carrera, y del aparato universitario en general.

La información no es abundante, ya que todo ocurrió "puertas adentro". Y por supuesto, no todxs pueden acceder a la cocina de la academia. Sin embargo, lxs que transitan habitualmente los pasillos más cercanos han podido oler lo que adentro se estaba cocinando. Sus voces nos permiten reconstruir la historia de un concurso bastante sospechoso.

Rápido (porque todo ocurrió muy rápido). Durante el primer cuatrimestre de este año, la Junta Departamental planteó la necesidad de rearmar, de manera provisoria, la cátedra de Filosofía del derecho. Una razón de peso: hace años que la materia no se dicta, lo cual es un obstáculo para lxs estudiantes que siguen la orientación en Filosofía práctica, y que se ven obligadxs a cursarla en la Facultad de Derecho. Una razón de coyuntura: la reciente renuncia del otrora titular de la materia. Ante tal renuncia, lo estrictamente reglamentario hubiera sido hacer el llamado a concurso para cubrir el cargo de profesor titular y los cargos de ayudantes necesarios; pero la sustanciación de los concursos demora mucho tiempo (años), y ya hace mucho que lxs estudiantes esperan. "Hagamos algo por los estudiantes", habrán pensado lxs delegadxs de la Junta, cuando decidieron hacer ¡un llamado a concurso interno para cubrir una cátedra entera de manera provisional, incluyendo el cargo de profesor titular!1 Ya veremos en qué estudiantes estarían pensando.

¡Rápido! Fue el concurso más rápido que se recuerde para rearmar toda una cátedra. El jurado de evaluación designado por la Junta estaba integrado por los profesores Jorge Dotti (Filosofía política), Osvaldo Guariglia (Ética) y Eduardo Rabossi (Metafísica). Habría mucho para decir sobre la conformación de este jurado; tengamos en cuenta, simplemente, que en un llamado a concurso normal, se habría convocado a expertxs en la materia de otras universidades o facultades, de manera que el jurado no habría estado integrado totalmente por miembros de la misma facultad (lo cual habría parecido sospechoso). Pronto se realizó el concurso, y se conformó la actual cátedra provisoria, que funcionará por este cuatrimestre, o hasta que se sustancie el concurso definitivo, ya veremos.

¿Qué pasó? Pronto, la Junta Departamental recibió al menos dos notas o cartas, de dos estudiantes que participaron del concurso como aspirantes a ayudantes de cátedra. En tales cartas, esxs estudiantes pedían alguna explicación de por qué, durante la sustanciación del concurso en cuestión, no se los había tenido en cuenta (al parecer, fueron descalificadxs por los jurados, quedando fuera de concurso). La Junta, desentendiéndose del problema, remitió las notas a los jurados y les solicitó que fueran ellos los encargados de contestar y dar las explicaciones pertinentes. Hasta ahora, no sabemos si tales notas fueron o no contestadas. Pero tengamos en cuenta que las únicas condiciones que se les puede exigir a lxs estudiantes para ser ayudantes de cátedra son las que estipula el reglamento de concurso interno, que ya vimos, y estas son también las condiciones para la inscripción al concurso. ¿Cómo se puede, entonces, dejar fuera de concurso a quienes cumplen las condiciones para estar inscriptos? Pero todo esto parece más sospechoso cuando nos enteramos de que uno de los que resultaron designados como ayudantes de cátedra es Dante Palma, quien fuera hasta el año pasado delegado por la mayoría estudiantil en la Junta Departamental. Recordemos que el otro delegado de esa mayoría estudiantil era adscripto de Guariglia, quien oficiaba como jurado en este concurso. Recordemos también que Guariglia es uno de los principales referentes del radicalismo universitario, que ha desempeñado y desempeña aún importantes funciones político-académicas tanto en la facultad como en la carrera y que, por tanto, no le es indiferente la política estudiantil en espacios como la Junta.

¿Qué se está cocinando en la Academia?

No nos interesa tanto quedarnos en este caso puntual, sino más bien tomar nota de lo que éste ejemplifica. Después de todo, Dante Palma es un caso más de una larga historia de vínculos políticos entre estudiantes y profesorxs, que da cuenta de un funcionamiento académico silenciado y desconocido por el grueso de quienes cursamos habitualmente. Se trata de un funcionamiento informal, no reglamentado, pero que se amolda a las condiciones reglamentarias tanto como le sea posible, con el objetivo de preservar los espacios institucionales en manos de algún sector particular, o al menos para mantener cierto control sobre dichos espacios. Tal funcionamiento nace de la convergencia de dos movimientos fáciles de encontrar en el ámbito universitario: por un lado, profesorxs interesadxs en consolidar y extender sus posiciones en los espacios institucionales; por otro lado, estudiantes deseosxs de ingresar al ámbito académico como sea, de cualquier modo, ciertamente esforzadxs a la hora de acumular buenas notas, pero dispuestxs a ir mucho más allá de lo estrictamente curricular en tal esfuerzo. Dadas estas condiciones, se puede gestar un régimen de complicidad político-académica entre estudiantes y profesorxs, en el cual ambos movimientos encuentran su confluencia. Lo que estamos diciendo es: desde hace mucho tiempo, en nuestra carrera (como en otras), la participación política funciona como una vía de acceso a los cargos académicos, saboteando los imperativos del mérito y de la supuesta autonomía del saber respecto del poder. Es muy común, por ejemplo, encontrar en la Junta Departamental delegadxs del claustro de graduados que fueron anteriormente delegadxs (o candidatxs a ello) por el claustro de estudiantes (sin ir más lejos, sucede actualmente). Lo académico es político, también en el peor de los sentidos.

¿Qué se produce a través de este funcionamiento? Varias cosas. Para lxs estudiantes, ya lo dijimos, significa una vía de acceso a cargos académico-institucionales (ayudantías, adscripciones, programas de investigación, institutos, etc). En estos casos, los concursos suelen funcionar como meras formalidades, sobre todo cuando los jurados son lxs mismxs profesorxs que antes apadrinaron a esxs estudiantes. En cuanto a lxs profesorxs, esta dinámica les permite controlar el voto estudiantil en las instancias de co-gobierno como la Junta Departamental (que por eso mismo pierden el mínimo valor de co-gobierno que pudieran tener), contando así con un mayor comando sobre las políticas académicas. Por otro lado, la promoción de esxs estudiantes al espacio académico les permite también consolidar sus posiciones institucionales y sus líneas teóricas. Y en esto se cumple también una tarea con un valor político inmediato, en tanto conlleva la consolidación y la permanencia de discursos, líneas teóricas y prácticas institucionales, que la máquina universitaria proyecta sobre el espacio social. De este modo, los marcos institucionales están invadidos, habitados y constantemente dirigidos por fuerzas políticas, que muchas veces se refuerzan redefiniendo esos marcos (recordemos lo dicho sobre el reglamento de selección de ayudantes), y otras veces... forzándolos un poco.

Afortunadamente, son pocxs lxs estudiantes que emprenden este camino mercenario para hacerse de un rincón académico. Son muchxs más lxs que buscan ingresar sin hacer estas concesiones serviles. Lamentablemente, corren en desventaja con respecto a aquellxs. Mientras tanto, muchxs estudiantes tal vez crean ver en las agrupaciones con propuestas más academicistas la mejor manera de combatir esta dinámica. Propuestas como las que enarbolaba Dante Palma y su agrupación, voces academicistas como las de Guariglia y otrxs. Total... la cocina está muy lejos... y el olor nunca llega a las aulas.

Notas

1 Por si quedaban dudas, esto es una prueba más de que, cuando hay voluntad política, se puede hacer una interpretación flexible de los reglamentos, o simplemente dejarlos de lado.

La Cova del Drac

"Hijo mío; no asomes demasiado

la cabeza que te la van a cortar."1

El padre de Ricard Ibáñez.

"La Cova del Drac" es, desde hace ya mucho tiempo, uno de los antros preferidos de la bohemia barcelonesa. Quienes, en parte por vivir en el culo del mundo, no hemos tenido la suerte de visitarlo, disponemos para hacernos una idea de lo que allí sucede de las abnegadas crónicas del fallecido novelista Geno Diaz... Pero lo que ahora nos ocupa no es, lamentablemente, lo que ocurre en "La Cueva", sino la leyenda que da origen a su nombre. El drac, el dragón de los catalanes, no representa un mal ultraterreno, abstracto y metafísico. Representa las dificultades de la vida y a éstas, como ellos dicen, o las vencemos o nos vencen (tal vez por eso, apuntaría Ricard, no se encontrará en la iconografía medieval de la región un drac que no esté acompañado de una figura humana que le dé muerte por mano propia, o que la reciba de sus garras). La tradición recomienda que, puesto que el encuentro con el drac es en definitiva inevitable, sea uno el que se dirija a su cueva tan pronto como esté listo, cosa de enfrentarlo cuando y donde uno elige, en lugar de esperar a que el drac lo sorprenda a uno en el baño o con los pantalones bajos...

Fue con esta leyenda en mente que a mi regreso a la facultad, a principio de este año, decidí meterme derecho a la cova del drac y me anoté, sin pensarlo demasiado, en "Metafísica" (cátedra Rabossi) y "Filosofía del Lenguaje". Es que para mí, como para muchos de nosotros, y en lo que a Filo respecta, el drac ha sido siempre ese cúmulo de ejercicios semánticos y experimentos mentales que sus acólitos llaman "Filosofía Analítica". Debo confesar que temblé al ver de lejos las multitudes de ñoños agolpándose para escuchar los sermones de un abogado o un depresivo (según el caso). Y que casi me doy a la fuga al consultar esas bibliografías cargadas de infinitos papers y artículos, ya que ninguna de las dos cátedras recomienda la lectura de libro alguno, y no digo la "Metafísica" de Aristóteles o "De Camino al Habla"2 de Heidegger, sino un libro cualquiera: "Platero y Yo", "Mi Planta Naranja-Lima", "El Principito", un libro... "En fin" -me dije- "al mal paso darle prisa" (el lector atento habrá observado ya que los años fuera de la academia me habían hecho muy afecto a la superstición y al saber popular), y con mi edición tapa azul, de kiosco, de "Desde un Punto de Vista Lógico" (tranquilos que es una colección de artículos y no un libro como Dios manda) me encaminé a las grandes aulas donde el dragón anida desde que se tiene memoria. Grande también (más grande que las dos aulas juntas, de hecho) fue mi sorpresa cuando lo encontré dormido.

La bestia estaba tirada panza arriba, roncando, con el flanco de la promoción directa, el parcial domiciliario y la monografía desprotegido ante cualquier ataque. Sus principales esbirros al borde de la jubilación o el suicidio (según el caso), sus secuaces ocupados en otros menesteres (congresos, simposios, coloquios) y todo el trabajo en manos de una nueva generación ya desmoralizada, que no tiene ni las luces ni los bríos que a las anteriores hay que reconocerles. Me bastó superar la asistencia obligatoria, la apatía de docentes y compañeros y sendos parciales domiciliarios para encontrarme en lo profundo de la cova del drac. Lo cierto es que fuera de horas y horas de aburrimiento, algunas chicas bonitas, y dos ganchos en la libreta sin final mediante (que nunca están de más), no encontré grandes tesoros en la guarida del monstruo, salvo, quizás, dos pequeñas anécdotas.

Primero la mala: Un viernes de fines de abril o principios de mayo llegué tarde a un teórico de Filosofía del Lenguaje para advertir, no sin consternación, que mis para entonces ya diezmados compañeros de cursada estaban rodeados por la familia analítica en pleno, Rabossi incluido3. Con cierta dificultad (por las mechas y la camperita de cuero) me confundí entre la masa de ñoños y un poco sólo, y otro poco con la ayuda de Valeria Baliño y de Eleonora Orlando (las únicas que se dignaban a dirigirme la palabra), me fui dando cuenta de lo que ocurría: La clase de ese día estaría a cargo de un gringo experto en semántica que se iba a referir a ciertos problemas del neopragmatismo pero, eso sí, en inglés. "Ché, ¿quién traduce?" -pregunté inocentemente, pensando incluso en ofrecerme a dar una mano- "¿Qué? Nadie" -me contestaron como si fuera tarado, ante lo cuál dos gorditas, que se ve que no entendían el idioma de la aristocracia del barrio, se retiraron muy apesadumbradas, pero sin decir esta boca es mía, como si la falta fuera de ellas y no de la banda de canallas que disponía de lo público como si fuera privado. Disimulé la bronca, que es lo que deben hacer los peregrinos cuando se encuentran en tierra pagana, y disfruté de la charla del johnny que, hay que admitirlo, no estuvo para nada mal.

Y ahora la buena: A tal punto es la "Filosofía Analítica" un único y limitadísimo cúmulo de ejercicios semánticos (no me animo a decir sintácticos, pero tal vez debería) y experimentos mentales, que ya sea que se proponga hacer "Metafísica" o "Filosofía del Lenguaje" los problemas, los autores y hasta los artículos, son los mismos. Lo que se dice un embole, sino fuera porque me permitió la única alteración positiva4 de la normalidad en todo el cuatrimestre. Sí ¿qué iba a hacer? presenté la misma monografía impresentable sobre el holismo semántico en Quine, cambiando algunos detalles mínimos5, para promocionar las dos materias, y lo peor fue que lo logré. Se me dirá que la anécdota mala fue colectiva y la buena apenas individual, se me dirá que la alteración negativa fue una derrota y la positiva poco más que una avivada. Responderé: ¿qué quieren? Por ahora, es lo que hay. La cuestión es que el drac está dormido, y está en nosotros seguir escabulléndonos de a uno, para sacarle algo de la cova, o unirnos todos para darle muerte o morir intentándolo6.

Notas

1 Originalmente en catalán y referido a otra parte, igualmente esencial, de la anatomía masculina (no es que las féminas no tengan cabeza, se entiende, lo que no tienen es precisamente esta otra parte).

2 Ya sé que es una conferencia editada, no me jodan.

3 Como si no hubiera sido suficiente escucharlo hablar en español durante cuatro horas aquel mismo lunes, me lo tuve que bancar hablando en inglés (como el orto) durante dos horas el viernes.

4 La anécdota anterior, bien podría considerarse una alteración de la normalidad pero en sentido negativo.

5 Tal y como hacen los propios miembros de la secta analítica con sus artículos, de publicación en publicación, hasta la muerte (del lector, por aburrimiento).

6 "Muerte" y "morir", obvio, en sentido figurado. Si el lector encuentra aquí un llamado a la lucha armada, el número de opciones es limitado: a) El lector es Osvaldo Guariglia; b) El lector es un servicio; c) El lector es un idiota. En cualquiera de los tres casos, el lector no me interesa.

Los acantilados del Dios Mortal

«Todo el progreso técnico y científico no es ni puede ser un fin en sí mismo, como tampoco lo es el Estado. Es necesario que algo le dé sentido y ese algo no es otra cosa que una recta concepción del mundo y del hombre, que en el orden de la razón natural le ha de ser provista por la Filosofía, así como en el orden de la verdad revelada le es provista por la fe. Órdenes distintos ambos, pero no incompatibles, sino complementarios, pues como bien se ha afirmado, mientras la fe busca entender mejor lo que cree, y en esta tarea coadyuva la reflexión filosófica, la Filosofía, por su parte, desde fuera de ella, debe ser orientada y complementada por la fe.»

Discurso de clausura del Tercer Congreso Nacional de Filosofía (1980)

pronunciado por Jorge Rafael Videla.

I. El compromiso filosófico con la muerte.

Si la metafísica es sangrienta –si la postulación de un fundamento más allá de lo físico engendra políticas de negación y sacrificio del cuerpo–, el epígrafe lo ratifica de manera rotunda. Más aun, parece estar dibujando la iconografía que representa al Leviatán de Hobbes: en una mano la espada del poder secular, en la otra el báculo del poder clerical. Doble legitimación del terrorismo de Estado, a diestra y siniestra, filosofía y teología, el saber y la fe. Conocida es la nauseabunda legitimación teológica que la Iglesia proporcionó a la dictadura militar argentina del ’76-‘83, pero no menos nauseabunda y sí mucho menos notoria fue la legitimación filosófica que la Academia le prestó al totalitarismo1.

Pero, ¿no es forzoso identificar la filosofía con la espada? ¿No estamos reduciendo así la filosofía a la política? ¿No es la filosofía, como dice el dictador Videla en el discurso citado, «una disciplina que se caracteriza por ser un saber desinteresado», que va detrás «no de cualquier verdad relativa y parcial, sino de aquella última y totalizadora, en pos de los primeros principios que dan sentido a todo lo demás»?

Evidentemente no. Entendemos, por supuesto, que la política (i.e, el pensamiento político) produce los elementos con los que la filosofía política (i.e., el pensamiento sobre la política) trabaja. Pero la casta ingenuidad de una filosofía abstraída de los problemas terrenales jamás existió. De hecho, la excesiva interpretación de la celebérrima tesis XI de Marx, esa maniática afirmación de que los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, es una operación reduccionista. Muy por el contrario, los filósofos no han hecho más que intervenir políticamente en el mundo para transformarlo. Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás, Spinoza, Hume, Locke, Kant, Hegel, Niezsche, por nombrar sólo algunas cumbres del canon académico, escribieron textos explícitamente políticos y muchos de ellos ejercitaron algún grado de militancia activa2.

Que un buen estudiante de la carrera de filosofía esté convencido de que Aristóteles levantó su edificio teórico aislado de las contingencias de la polis, aislado de las "verdades relativas y parciales" del mundo profano, y que sólo por un azar que nadie buscará comprender existiría alguna relación entre la Metafísica y la Política, no es una carencia del dispositivo académico, sino una cualidad productiva bifronte: por un lado, modela una subjetividad capaz de sostener el manto de neutralidad e indiferencia que cubre la sangre y la mierda sobre la que se erigen el Estado y el Derecho; por el otro lado, mediante el encierro de la filosofía política dentro del campo de operaciones del Estado, niega al pensamiento político todo lugar de acción no-estatal. La operación discursiva de Hobbes (la fundación del concepto de Estado Moderno como Espada que Fundamenta la Palabra3) actualiza sus latidos en la profilaxis ontológica del discurso académico. Hobbes vive. Y mata.

II. Fluidos del hontanar hobbesiano.

La lista de participantes en el Congreso Nacional de 19804, el carácter oportunamente abstracto de las ponencias5, el tufillo carpiano en el discurso de Videla, el artículo de Guariglia (durante el gobierno de Raúl Alfonsín) avalando la Ley de Punto Final, la persecusión (durante el gobierno de Carlos Menem) contra los miembros del comité editor de la revista DIALÉKTICA, el escandaloso boicot contra el doctorado de Eduardo Glavich, son sólo algunos de los innumerables hechos que expresan el repugnante compromiso de la Academia con el estado de cosas concreto. No resulta inocuo, pues, que en el número inaugural de la revista Deus mortalis el titular de la cátedra de Filosofía Política de esta Facultad afirme:

"El nombre que damos a nuestro proyecto remite –tal vez extemporáneamente– a un hontanar hobbesiano, pues entendemos que filosofar políticamente es, ante todo, filosofar sobre el Estado y sobre lo que, paradójicamente, inmortaliza humanamente al «dios mortal»."

Ahí están delineados los bordes del suelo sobre el que debe asentarse el pensamiento filosófico referente a lo político. Por un lado, el Estado, el Leviatán, el Poder, el aparato trascendente, la soberanía. Por el otro lado, algo que está implícito en el concepto mismo de Espada Unificada (quiero decir, implícito en la legitimación del monopolio de la violencia): aquello que inmortaliza humanamente al Leviatán, esa «artificial eternidad de existencia» (Hobbes), no es otra cosa que aquello que garantiza la reproducción de las condiciones de dominación, o sea, la capacidad de acceder a todos los recursos necesarios para mantener el orden de mando y sumisión. En palabras de Hobbes, este segundo límite de la filosofía política es la sucesión, o sea la autoconservación estatal. He ahí los límites del pensamiento sobre la política. Bordes filosos más allá de los cuales la filosofía política pierde su sentido, su fundamento, su suelo, su estabilidad. Es decir, bordes más allá de los cuales la filosofía política se mueve en caída libre. Acantilados, pues, que reducen –que subordinan– la filosofía política a la cuestión de la legitimidad del mando.

Asistir a la formación geológica de esos márgenes filosos será la tarea de los párrafos siguientes. Para ello hemos preparado un viaje vertiginoso, urgente, al corazón de la Modernidad.

III. Todo comenzó con una revolución...6

Entre los siglos XIII y XVII, franqueando vastedades que sólo la disciplina militar de los ejércitos y el afán de lucro y aventura de los mercatores7 podían impulsar a recorrer, vastedades que sólo la imprenta lograría sortear, conectar y mezclar con insólita velocidad, se produjo en Europa un cambio paradigmático e irreversible en las formas de vida de la humanidad. ¿Qué habrá ocurrido para que los herederos de una concepción metafísica de la ciencia (infalibilidad tanto del corpus aristotélico como del canon bíblico), de una visión jerárquica de la sociedad (preeminencia organicista del todo sobre las partes por reflejo terrenal del orden –ratio más que logos– universal), y de una conciencia dualista del ser (a caballo de dos mundos, una gamba en la Temporalidad y otra en la Eternidad), legaran a las generaciones sucesoras una concepción experimental de la ciencia (el Novum Organon, Galileo Galilei), una visión constituyente de la historia y las ciudades8 (Guillermo de Ockham, Marsilio de Padua9), y una subjetividad inmanente de conocimiento y acción (Dante Alighieri, Baruch de Spinoza10)? ¿Qué asombroso acontecimiento subvirtió la fe en los poderes creadores de un Dios puro y trascendente mutándola en afirmación de la potencia creativa de la multitud11 sórdida y mundana?

Esa emergencia subversiva, que expresa su infinita fuerza transformadora en la ciencia, la filosofía, la política, el arte, la economía, la religión, etc., y que solemos estudiar reducida a un proceso de secularización que rechaza la autoridad divina y trascendente sobre los asuntos terrenales, es el descubrimiento de la plenitud del plano de inmanencia12. Descubrimiento que engendró, como toda revolución, su correlato reaccionario montado como un parásito sobre el deseo de seguridad de la multitud, una contrarrevolución arrojada a lo vampiro sobre el humano deseo por reducir la incertidumbre de la vida13. La Guerra de los Treinta Años, uno de los conflictos más destructivos en la historia de la humanidad, es la manifestación más palpable de la guerra profunda que se estaba librando: la reacción contrarrevolucionaria debía transfigurar el Humanismo Renacentista en una nueva trascendencia, debía mediar entre la ciencia y su capacidad de transformar la realidad, y, principalmente, debía detener la urgencia de poder sin mediaciones que se expresaba en el fantasma de la democracia que recorría Europa.

Simultáneamente, rugiendo a miles de millas marinas, la Conquista y la explotación de las colonias americanas fundan el eurocentrismo y dan un impulso de otro modo inconcebible a la burguesía en ascenso. Así, el frente de batalla para la contrarrevolución se duplica: ya no sólo hay que restaurar el orden en el interior de Europa, sino que hay que introducir en la génesis del Capitalismo a ese indómito exterior recién avistado. La Europa del siglo XVII presenta en su punto máximo un choque de gigantes: la trascendencia de un poder constituido contra la inmanencia de un poder constituyente, la heteronomía del antiguo dios contra la autonomía del nuevo hombre, la mediación contra la inmediación, el alma contra el cuerpo, el espíritu contra la materia. Una nueva gigantomaquia de la esencia, cuyo máximo exponente revolucionario es Spinoza (y su contracara reaccionaria Hobbes), desataba fuerzas nunca vistas. La incertidumbre, el miedo, el caos y la brutalidad marcaban la vida cotidiana y sembraban de cárdenas tinieblas el corazón de Europa.

Ya no era posible revertir lo subvertido. El poder creativo de Dios había sido robado para siempre por la humanidad, y ese poder ya nunca más regresaría a su morada eterna. Pero la demanda era de paz. Y esa demanda acunó a un dios en la tierra, un dios mortal que instituyó una nueva modalidad de mando, terror y explotación. Un nuevo poder trascendente que desplegaría desde entonces su acción represora y pacificadora. Así, el precio que se pagaría por la paz sería la más miserable condición de vida, una paz convertida en chantaje de la supervivencia: Leviatán, el monstruoso engendro hijo de la usura de las pasiones y la fatiga de la lucha. De esta manera, en contra del deseo de emancipación, la Modernidad levantó el miedo a la muerte en la amenaza de la Espada.

IV. La Guerra no ha terminado.

Hobbes construyó el aparato político y metafísico trascendente que Kant y Hegel llevaron hasta las últimas consecuencias: el concepto de soberanía (el Estado-nación) es resultado de la necesidad de la Modernidad de controlar la creatividad del naciente modo de trabajo, de establecer un comando sobre las nuevas composiciones de la producción social, tanto en Europa como en las colonias, con el objeto de dominar y extraer ganancias de las nuevas fuerzas transformadoras. Había que eliminar las modalidades medievales de trascendencia, que sólo estorbaban la producción y el consumo, pero había que conservar a la vez la efectividad disciplinadora de la trascendencia, adecuándola a los nuevos modos de asociación y producción (no seremos tan ingenuos de pensar que nadie se llena los bolsillos con estas co-implicaciones entre metafísica y política).

De esta manera, el ejercicio de la soberanía, el funcionamiento sanguinario (como no puede ser de otro modo) de la espada unificada, fue confeccionado con herramientas filosóficas y se sostiene hoy por la filosofía política. El Estado-nación surgió como continente del deseo de liberación de la humanidad y se sostiene hoy como peñón de hierro que amenaza con la cerrazón abisal de la anarquía (el ignominioso retorno al estado de naturaleza, la guerra de todos contra todos) a cualquier intento de organización espontánea y de expresión autónoma de la multitud.

Frente a esta amenaza de muerte sin límites espacio-temporales (y ésa es una definición posible del concepto biopolítica), rescatamos la denuncia de Spinoza contra todo poder que se alimente del miedo y la tristeza14 y celebramos que haya expulsado para siempre de su filosofía la idea de la muerte por considerarla un arma de la opresión para chantajear la libertad de pensamiento. Contrastamos con el proyecto mortífero de obediencia debida al deus mortalis que «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida.»15. Esa vida que afirmamos desde la furia atenta, palpitante, sorpresiva, del agua roedora y mutante que golpea y golpea y golpea en la base de los acantilados.

Notas

1 Revista DIALÉKTICA número doble 3/4, octubre de 1993: en ella se publica la lista completa de participantes, los nombres de las ponencias, el discurso de Videla y el artículo de Guariglia en el que defiende las Leyes de Impunidad.

2 Se pueden investigar, por ejemplo, las penetraciones recíprocas entre prácticas y conceptos en: Aristóteles, la corte macedónica y Hermias, el tirano de Assos; Spinoza, las intrigas de La Haya entre republicanos y monarquistas y Jan de Witt; Locke, la burguesía inglesa y las colonias en América del Norte; Kant, la revolución francesa y la independencia norteamericana... Para el caso de Platón bástenos recordar sus andanzas autobiografiadas en la Carta VII.

3 "no siendo los pactos otra cosa que palabras y aliento, no tienen fuerza para obligar, contener, constreñir o proteger a cualquier hombre, sino la que resulta de la fuerza pública", Thomas Hobbes, Leviatán, México, FCE, 1998, cap. 18, p. 144.

4 Entre muchos profesores de esta prestigios carrera, queremos decir que participaron Félix Schuster, Néstor Cordero, Marta López Gil, Leiser Madanes, Mario Presas, Alcira Bonilla, Osvaldo Guariglia, Adolfo Carpio y Eduardo Rabossi. La lista es enorme: abarca el 80% de la actual planta de titulares y JTPs de la carrera de filosofía. Desconfiemos de todas y de todos.

5 Algunas exposiciones: "Rasgos anticipatorios del pensamiento maduro de Heidegger en algunas obras tempranas", por Francisco Bertelloni; "Significado y valor de la filosofía de Plotino", por María Isabel Santa Cruz; "Reflexión y horizonte", por Roberto Walton; "Pensar y conocer", por Jorge Dotti.

6 Todo este parágrafo tiene como eje el Capítulo 4 de Imperio, de Michael Hardt y Toni Negri (Bs. As., Paidós, 2002).

7 Acerca del rol de los mercaderes y los negotiatores en la contracción de las distancias, el librito de Jacques Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, EUDEBA, 1966.

8 «el planteo válido en la esfera del conocimiento es análogo al que caracteriza el ámbito práctico: tanto lo conocido como el lugar de la convivencia son constructa, resultados de la acción del sujeto», dice Jorge Dotti, en su artículo "Pensamiento político moderno", de lectura obligatoria para su materia.

9 Para Ockham (Sobre el gobierno tiránico del papa, Barcelona, 1992, III, 16) la Iglesia no es ni está sino «en la congregación de los fieles», es decir, la Iglesia es inmanente (ni superior ni distinta) a la comunidad de cristianos. Marsilio hace derivar el poder de las leyes no del Cielo sino de la asamblea de ciudadanos: «el legislador o la causa eficiente primera o propia de la ley es el pueblo, o sea, la totalidad de los ciudadanos, o la parte prevalente de él, por su elección y voluntad expresada de palabra en la asamblea de los ciudadanos», citado por Marcelo Boeri y Antonio Tursi en Teorías y proyectos políticos (De Grecia al Medioevo), Bs. As., 1992, p. 305.

10 «Se ha declarado suficientemente que lo propio de la operación del género humano, considerado en su totalidad, es siempre convertir en acto la potencia del intelecto posible», dice el Dante, citado por Boeri-Tursi, ibíd., p. 282 (resalté yo). Para el caso de Spinoza recomendamos La anomalía salvaje, de Toni Negri, Barcelona, 1993.

11 Usamos el concepto spinoziano que Paolo Virno contrapone al concepto de "pueblo" hobbesiano en Gramática de la multitud, Bs. As., Colihue, 2003.

12 «El plano es como un desierto que los conceptos pueblan sin compartimentarlo. Son los conceptos mismos las únicas regiones del plano, pero es el plano el único continente de los conceptos. El plano no tiene más regiones que las tribus que se desplazan en él. El plano es lo que garantiza el contacto de los conceptos, con unas conexiones siempre crecientes, y son los conceptos los que garantizan el asentamiento de población del plano sobre una curvatura siempre renovada, siempre variable.» Gilles Deluze y Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, 1993, p. 40.

13 Paolo Virno, Ibíd..

14 «el gran secreto del régimen monárquico y su máximo interés consisten en mantener engañados a los hombres y en disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud, como si se tratara de su salvación, y no consideren una ignominia, sino el máximo honor, dar su sangre y su alma para orgullo de un solo hombre», Tratado teológico-político, Prefacio.

15 Ética, III, Prop. 67.